martes, 3 de febrero de 2009

El amuleto de Samarkanda


Todo empezó aquel fatídico día
en que un niñato escuálido y
tembloroso se atrevió a invocarme
amí, ¡a mí, al mismísimo Bartimeo,
espíritu privilegiado donde los haya,
genio para muchos, diablo para
unos pocos! A pesar del tartamudeo
de su voz y del sudor que le
empapaba, su orden no pudo ser
más clara: tenía que robar el amuleto
de Samarkanda a Simon Lovelace,
uno de los hechiceros más poderosos
y temidos de Londres... ¿Quién era
ese mocoso mequetrefe que se
atrevía a darme semejante orden?
¿Y por qué querría el Amuleto?

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